viernes, 21 de marzo de 2008

Pilar Coll



“! Y qué hubieran hecho con Bartolomé de Las Casas!”. La voz resonó como un trueno en la sala del Consejo de Ministros en Palacio de Gobierno ese 2 de junio del 2001 cuando decidíamos quienes serían los miembros de la Comisión de la Verdad. Pilar Coll no había nacido en el Perú sino en España y no podía ser una de los siete a juicio de la mayoría de los miembros del Consejo. Recuerdo aún la hoja con su nombre en la propuesta de Resolución Suprema que el secretario del Consejo de Ministros puso delante de cada uno de los miembros del Gabinete (junto a la propuesta final del Decreto Supremo de creación de la CV). Pilar Coll Torrente estaba entre ellos. Aun guardo esa hoja entre mis papeles personales.

Si alguna persona llenaba el perfil para integrar esa institución, era Pilar. Más peruana por opción y compromiso con los derechos humanos y con la democracia, más cercana a los sufrimientos concretos de quienes padecieron, de uno y otro lado, el terrible impacto del conflicto armado interno en el Perú que muchos que portan DNI. No pudo ser esa vez como queríamos tantos en el país.

Hoy forma parte del Consejo Nacional de Reparaciones y su presencia ahí nos asegura a quienes la conocemos que el derecho de las personas y comunidades afectados por la violencia política a ser reparados será inflexiblemente cautelado.

A esta mujer de trabajo, compasiva y fuerte a la vez, no la marean los halagos ni los reconocimientos, más bien lo contrario, la incomodan. Le pasó con el prestigioso “Lazo de Dama de la Orden de Isabel la Católica” que le fuese entregado en 1993. Es de aquellas personas que prefiere pasar inadvertida pero que no duda un instante en ponerse en la primera línea cuando hay que salir en defensa de quien sufre la violación de su dignidad.

Su vida, desde pequeña, estuvo marcada por el dolor y por la fe. Perdió a su padre querido en la Guerra Civil española. Lo mataron los republicanos y no por ello su corazón anidó sentimientos revanchistas. Quienes compartimos con ella la fe en el Dios que libera, nos sorprende cada vez más su capacidad de entrega y su talante siempre solidario así como la profunda espiritualidad que nutre su trabajo en las cárceles hoy como antes con los familiares de los desaparecidos, y con las y los trabajadores despedidos por el Paro Nacional de 1977.

Como mujer Pilar es un modelo a seguir. Así me imagino que debiéramos ser: francas, claras de ideas y aterrizadas en la acción, compasivas y libres, gozadoras de la belleza de este mundo y también capaces de mirar, cara a cara, los estragos del mal radical sin amargarnos ni perder la esperanza. Qué privilegio tener un paradigma en estos años en que escasean tanto las vidas ejemplares.

Por todo ello, la Medalla de la Defensoría del Pueblo de este año va a ser entregada por nuestra Defensora a esta mujer a la que el Perú le debe mucho. Una mujer cuyo amor por los hombres y mujeres de esta tierra le hizo ganar con creces un lugar en esta sociedad, una persona que no necesita de documentos de identidad, le sobra la legitimidad de toda una vida entregada al Perú.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que alegría saber de ella, entonces.

Berenjena dijo...

Actualmente ha sido entrevistada en muchos medios, uniéndome a ello, hoy la entrevisto... es una mujer admirable y el reconocimiento que ahora recibe no bastaría para agradecerle su labor humanitario.

Saludos

Bereniz